Innovación, en educación, ha habido siempre. Podríamos citar maestrías innegables en el último siglo, que han hecho progresar mucho la pedagogía. Antes, sin embargo, no todas las escuelas pretendían ser innovadoras: la mayoría aplicaban unas rutinas educativas adquiridas a lo largo de los años.

Ahora mismo, en cambio, el mundo educativo vive un momento de crisis en el que la innovación es vista como el valor primordial. Quizá es que se ha perdido la esperanza en reformas educativas políticas, tan sujetas a la ideología del partido del gobierno. Tanto dan las causas. Lo cierto es que cada centro se ha hecho la propia reforma. Muchas escuelas viven una gran fiebre de renovación. Se han tirado paredes al suelo, se han suprimido las asignaturas y los exámenes, se han cambiado los pupitres por alfombras, los libros por tablets, la ciencia por el método, los ejercicios por los juegos… De repente, ¡necesitamos innovar en muchísimos ámbitos –incluso contradictorios– todos a la vez y con urgencia! Parece que lo nuevo sólo por el hecho de serlo ya tenga más valor que lo preexistente. Se pone más énfasis en los instrumentos que en sus fines: la tecnología y la metodología se vuelven más importantes que el propio conocimiento. Y todo se justifica por el lema falaz de que estamos preparando a los alumnos para profesiones que aún no existen (cuando en realidad les estamos formando para la vida, que es mucho más que ser trabajadores productivos).

El sentido común y la coherencia nos deben llevar a una visión ponderada de la innovación. No todo lo que se llama innovación es bueno, ni tampoco todas las buenas ideas tienen a posteriori una buena puesta en práctica. Lo cual no supone alinearse con el inmovilismo ni el tradicionalismo: la innovación pedagógica hace progresar la educación, cuando demuestra su resultado. Sería tan ilógico cerrarse a la innovación contrastada, como irresponsable probar riesgos innecesarios en la educación de los hijos. Me gusta sintetizarlo diciendo que necesitamos estar en la segunda fila de la innovación, en la primera de la calidad.

Lo aclaro, por si acaso: que los reaccionarios que querrían una escuela sin electricidad no me cuenten entre los suyos. Yo también uso Kahoot en clase. Nunca consideraré el mal uso de una tecnología suficientemente argumento contra su buen uso. Es más, globalmente soy optimista. A pesar de todo, mucho de lo que se está haciendo se hace bien. Y estoy convencido de que, tras el temporal, tendrá más fácil rectificar quien ha errado el rumbo que aquel que no se ha movido.

No juzgaré, porque no me corresponde hacerlo, el acierto de cada cambio didáctico o metodológico. Sé, porque lo he visto, que, junto a algunas tonterías e imitaciones acríticas y superficiales, hay muchísimas escuelas (seguramente poco ruidosas) que, desde hace mucho tiempo, llevan a cabo una innovación real. Me limitaré, pues, a hablar de la innovación educativa sólo desde el punto de vista de los centros como marcas, desde la óptica de su branding.

MARKETING INNOVACIONISTA

En los últimos años algunos factores, como la crisis o la baja natalidad, han forzado a las escuelas a buscar nuevos alumnos y a hacerlo de forma más profesional. Se ha evidenciado que para llenar el colegio no es suficiente hacer las cosas bien, que es necesario que se visualice. Es precisamente por eso que a menudo la pasión innovadora ha venido dictada por el marketing, por la necesidad de captar más alumnos, más que por la conveniencia real de un cambio. El silogismo es muy elemental: “Si somos innovadores, seremos más atractivos y tendremos más alumnos”. Es una tentación fácil. “Innovador” se ha convertido en una palabra mágica, el adjetivo milagrero aplicable a cualquier experimento didáctico, sea realmente nuevo o no, y aporte o no aporte valor.

No podemos olvidar que esta tendencia innovacionista puede comportar, por parte de no pocos padres y madres, miedo a la experimentación. En muchos casos, demoler paredes no les inspira confianza. Preferirían, con un sentido común evidente, no hacer probaturas con sus hijos. Y sí ocasiona, en cambio, oposición en una parte del profesorado, especialmente entre los más veteranos, que ven como todo lo que habían hecho a lo largo de su vida de repente parece inútil. Unos y otros se pueden convertir en un punto crítico interno en cada escuela, una rémora para el cambio, a veces con razón y otras veces por poca visión y capacidad de mejora. Tanto a unos como otros, se les debería tener presentes.

Renovar la metodología educativa es mucho más complejo de lo que parece: consiste a menudo en emprender un cambio cultural. Y todo cambio cultural mal hecho, hiere a personas y crea oposición. En no pocos casos, se ha pretendido que se emprendan proyectos radicales, sin tener en cuenta que la tradición cultural interna de la escuela podía dilapidar este esfuerzo innovador. Antes de comenzar los proyectos, será necesario hacerse muchas preguntas: ¿Cómo es culturalmente la escuela? ¿Hay mucha competitividad entre el profesorado? ¿Son muchos o pocos los que viven acomodados en una rutina? ¿Se tiende a la autocomplacencia? ¿Hay miedo a equivocarse, porque puede haber represalias? ¿Somos colectivamente optimistas y emprendedores? ¿El profesorado tiene iniciativa y cuenta con margen de delegación para llevar a cabo lo que se propone? Etc. Después de haber dibujado un mapa claro de la cultura institucional, se estará en condiciones de planificado mejor la manera de comunicar la necesidad del cambio.

Coincidiendo con este movimiento innovacionista centrado en la metodología, no son pocas las voces que, desde todo tipo de posicionamientos ideológicos, reclaman (no necesariamente como reacción, porque no son contradictorios) el retorno a la educación de los hábitos o, como se dice ya sin ambages, de las virtudes: resiliencia, liderazgo, asertividad, etc. son maneras nuevas de nombrar lo de siempre: fortaleza, magnanimidad, ecuanimidad… Algunos llevan toda la vida; otros están descubriendo la sopa de ajo. No puede haber cambiado tanto la educación, si lo más esencial de las personas no ha cambiado.

Es evidente que lo que es clave en la educación no nos lo aportará la tecnología. Cada escuela tiene, o debería tener, una manera suya de concebir la educación, unos valores compartidos por aquella comunidad educativa, lo que comúnmente se denomina estilo propio o ideario: una serie de directrices consensuadas, que marcan las líneas generales de la escuela. Este fundamento estable es lo que en primer lugar se debe mostrar de forma atractiva y debe diferenciar a cada centro del resto, su compromiso, el núcleo de su promesa de marca. ¿Es que nos explicamos tan mal que no somos capaces de construir sobre este fundamento nuestro marketing?

En conclusión (porque alguna propuesta debo hacer al fin y al cabo), estos son, para mí, los puntos que deberíais tener presentes como escuela, para hacer auténtica innovación educativa sin caer en el innovacionismo:

  1. Posicionar en el centro de vuestro mensaje la identidad de la escuela. Una buena escuela se reconoce porque la comunidad educativa comparte unas convicciones y un estilo propio, que no está sujeto a incidencias efímeras.
  2. Priorizar el público interno en la comunicación sobre innovación (una comunicación que debe ser en ambas direcciones).
  3. Asegurarse, antes de abordar un cambio innovador, que internamente se ha generado una buena predisposición hacia este cambio.
  4. Colocar al alumnado individualmente como beneficiario de la innovación, tanto en la realidad como en la comunicación-, por encima del provecho que saque el colectivo escolar. Enorgullecerse, por ejemplo, de un premio por innovaciones que han comportado errores y una formación defectuosa para algunos alumnos no sería razonable.
  5. Supeditar siempre la innovación a la calidad educativa. Sólo es innovación lo que realmente aporta valor. No digáis que una práctica es innovadora, hasta que se haya demostrado que es mejor que la precedente. Centrad, pues, vuestro argumentario en los resultados educativos, no en las experiencias didácticas, ni menos aún en los instrumentos.
  6. Utilizar en todo momento un lenguaje que demuestre que no ha perdido el juicio. Y no lo perderlo. Las novedades se prueban mediante prototipos (unas horas de clase, alguna materia, una parte del edificio…). Si la experiencia es repetidamente positiva, se implanta en toda la escuela.
  7. Si hay que rectificar, hacerlo enseguida. No lo atraséis por miedo a quedar mal. No intentéis esconder el fallo: equivocarse es el paso previo al éxito en toda innovación. Corregir los errores da más reputación que diluirlos.

Innovad tanto como podáis y aprended de la innovación de los demás, pero no utilizar nunca la palabra “innovación” como si fuera mágica. Debéis controlar las expectativas que generáis hablando de innovación. Y en caso de duda, evitad emplear la palabra “innovador”. La innovación se demuestra, no se proclama.

Miquel Rossy