Era una mañana calurosa de junio. Nos encontrábamos en la evaluación de final de curso de 4º de la ESO. Ventanas abiertas y persianas medio bajadas, para que entrara el aire, pero no el sol. Yo entonces era el tutor del A. Habíamos terminado la evaluación de mi curso y ya estábamos hablando de los resultados de los alumnos del B, donde también daba clase. Llegamos a un chico con una sola asignatura suspendida y el claustro, con el voto en contra del profesor de la materia, decidimos que debía quedar aprobada. Él, aceptando el hecho, se vio en la obligación de sentenciar: “Muy bien. Ahora lo aprobamos, pero yo lo tengo muy claro: este chico no terminará el bachillerato”. La frase quedó suspendida en el aire del claustro. Nadie respondió. Todos nos conocíamos y éramos conscientes de que no era necesario responder. Pasados unos breves segundos, la tutora del B siguió adelante con la siguiente alumna.

En un post anterior mencioné brevemente la anécdota cuando vimos cómo el punto de vista del docente puede convertirse en una profecía autocumplida respecto a los alumnos. Partíamos del famoso y controvertido estudio de Robert Rosenthal y el efecto Pigmalión: las expectativas condicionan los resultados. Por suerte, en este caso no fue así, porque había muchos otros profesores que veíamos al mismo alumno de otra manera.

Y es que ese alumno acabó el bachillerato, estudió magisterio. Empezó a trabajar como profesor. Al cabo de un par de años le nombraron coordinador. Actualmente, el chico que nunca debía llegar a la universidad es el director de un colegio.

A menudo recuerdo aquella situación cuando me encuentro en cualquier tipo de reunión y esto me ayuda a ser más prudente en mis juicios. ¡Cuántas veces, sin mala fe, hacemos diagnósticos prematuros sobre las personas!

El hecho es que con nuestros juicios acabamos hablando tanto de nosotros mismos como de los alumnos. Hay profesores —como aquel— que en el aula lo hacen realmente bien. Cuando explican subordinadas adverbiales o ecuaciones de segundo grado son excelentes. Pero cuando hablan de los alumnos erosionan su propia reputación. Piensan que están hablando de un alumno y, en realidad, hablan también mucho sobre cómo son ellos.

La forma en que estés en las reuniones marcará tu vida profesional

Escuché esta frase a Xavier Marcet, en una entrevista que le hice hace cinco años. Puedes encontrarla en brandingescolar.com, en la sección de expertos. Es una afirmación que me ha impactado mucho: mi futuro profesional depende de cómo actúo en las reuniones. ¡Guau! Me ha ayudado ahora y me hubiera gustado haberla oído cuando todavía era joven y poco consciente.

Marcet no se refería exclusivamente a la prudencia en las valoraciones. Lo que expresaba es que todas nuestras intervenciones deben tener sentido y deben contribuir, con su concisión, a un buen resultado de la reunión. Textualmente, lo que Marcet me dijo es:

“Mira, cuando hablo con alumnos míos de escuelas de negocios de aquí y de fuera siempre les digo: la forma en que estés en las reuniones marcará tu vida profesional. Si antes de hablar haces un esquema (la comunicación consiste en que los demás reproduzcan tu esquema de una forma fácil), si no repites nunca cosas que ya se han dicho innecesariamente (aunque estés a favor o en contra) y si hablas menos de lo que la gente espera de ti, tendrás un enorme impacto.”

A lo largo de tu vida asistirás a cientos de reuniones. También puedes añadir las conversaciones en el comedor: ¡cuántas oportunidades perdidas de callar o cambiar de tema! Cada vez que te encuentras en un entorno profesional, a partir de tus intervenciones, irás construyendo la imagen que forjas de ti mismo y la dinámica que se genera en el grupo.

Todos aprendemos a distinguir:

  • uno que solo se queja,
  • uno que a todo le ve problemas,
  • el otro que afronta las reuniones con superficialidad,
  • una que continuamente hace comentarios cínicos,
  • el que, en cambio, siempre aporta soluciones,
  • aquel que etiqueta demasiado rápido,
  • la que excusa en exceso a los alumnos,
  • la otra que piensa en grande…

Después de cualquier reunión, vale mucho la pena que analices cómo han sido tus frases:

  • “¡No es responsabilidad mía! Que se ocupen los padres”
  • “Este alumno ha llegado a su límite, no da más de sí.”
  • “Eso siempre lo he hecho así y me ha funcionado. Ahora no cambiaré.”
  • “Me gustaría saber qué piensa Clara. El año pasado fue la tutora y todavía no ha podido intervenir…”
  • “¿Y no podemos hacer algo más nosotros?”
  • “Quizás no lo hemos enfocado bien.”

Tu futuro profesional no lo estás construyendo solo en el aula, también en la sala de profesores. En las reuniones, la gente detectará tu criterio profesional, tu madurez emocional, tu capacidad de construir positivamente, tu generosidad, tu mirada educativa, la prudencia en los juicios, una cualidad indispensable para llegar a ser un buen líder, una buena líder.