A las seis de la tarde, mientras los hijos hacen judo, se encuentran en una cafetería Marcos, padre de Pablo, y Laura, la madre de Julia. Laura se ha mudado de barrio hace poco y ahora busca también un cambio de escuela. Es una persona práctica, quiere que su hija esté bien preparada y le asustan los experimentos pedagógicos. A Marcos, en cambio, le encanta Nueva Era, el colegio de su hijo, precisamente porque trabajan por proyectos y dan mucha importancia a la educación emocional.

—Escucha, Laura, tienes que venir a ver nuestro colegio. ¡Es una pasada! Pablo está feliz. No usan libros, todo es por proyectos que deciden ellos mismos. El otro día acordaron estudiar los agujeros negros y estuvieron toda la semana pintando y haciendo hipótesis. ¡Es una libertad increíble!

—Vaya, Marcos, pero… si no usan libros, ¿cómo sabes qué están aprendiendo? ¿Y si un niño no quiere hacer nada? Julia es muy inquieta; si la dejan elegir a ella, quizá se pasa el día jugando en el patio.

—¡Que no, mujer! El aprendizaje nace de la curiosidad. El cole no les impone nada, ellos autogestionan su tiempo. ¡Están rompiendo el sistema tradicional, que es una prisión para la creatividad!

—Ya… pero, ¿y el nivel? —pregunta, pensando que todo eso que propone Marcos es un caos—. Cuando llegue al bachillerato o a la Selectividad, ¿qué? Yo lo que quiero es que aprenda a leer bien, que sepa matemáticas y que tenga una base sólida. Eso de las “hipótesis sobre agujeros negros” está muy bien, pero me da miedo que pierda el tiempo.

A pesar del entusiasmo de Marcos, el boca a boca ha fallado completamente, porque hablan un lenguaje opuesto. Cuando Marcos habla de revolución, libertad y creatividad, Laura oye caos, falta de control y riesgo de futuro. Le faltan pruebas: Marcos no le ha dado ningún dato de seguridad. Se ha centrado en el “proceso bonito”, no en el “resultado sólido”. Él cree que está vendiendo un paraíso, pero Laura solo ve un experimento peligroso para su hija.

Si Marcos, en cambio, hubiera sido consciente de que la manera de ser de Laura era muy diferente de la suya, la conversación quizá habría ido así:

—Laura, te entiendo perfectamente, yo también quiero que Pablo tenga una buena base. Lo que me gusta del colegio es que, aunque trabajen por proyectos, hacen unas pruebas de nivel cada trimestre en las que vemos que incluso están por encima de la media en matemáticas y lengua.

—¿Ah, sí? ¿Pero sin libros?

—Sí, porque como lo que aprenden les interesa, lo recuerdan mejor. Lo que me convenció a mí es que el año pasado todos los que salieron de sexto entraron en la ESO con un nivel de inglés altísimo. Para mí, la tranquilidad es ver que aprenden lo mismo de siempre, pero con mucha más motivación y sin el aburrimiento de antes.

—Ah, hombre… si hacen pruebas de nivel y el inglés funciona, ya lo miro de otra manera. Quizá sí que iré a las puertas abiertas.

El boca a boca solo funciona cuando quien habla es capaz de dejar de exhibir su pasión y abordar, en cambio, los miedos del otro. Laura no busca innovación ni siquiera resultados brillantes; lo que busca es seguridad. Y tiene también un miedo latente, quizá no reconocido: el miedo al error social: “¿Qué dirán si llevo a mi hija a una escuela ‘rara’ y sale mal?”

La curva de la adopción

En los años 60 del siglo pasado, el sociólogo Everett Rogers publicó la teoría de la curva de la adopción, según la cual cualquier idea o producto nuevo se propaga a través de una población siguiendo una campana de Gauss dividida en cinco perfiles según su actitud ante el cambio:

  1. Los innovadores (2,5%): Son los entusiastas de la novedad por sistema. En una escuela, serían las familias que se apuntan a un proyecto aunque esté en fase piloto, porque les motiva ser parte del experimento.
  2. Los adoptantes tempranos (13,5%): Son líderes de opinión con visión de futuro. No buscan la novedad porque sí, sino por la ventaja estratégica que dará a sus hijos (por ejemplo, ser los primeros en programar con IA). Pueden convertirse en los embajadores más potentes de la escuela; si ellos se marchan, el prestigio de la institución queda tocado.
  3. La mayoría inicial (34%): Son pragmáticos y odian el riesgo inútil. Solo dan el paso cuando ven que la innovación ya funciona y es segura. Es el segmento que llena las aulas y hace rentable el centro. Si no los convencéis con datos y resultados, vuestro proyecto nunca dejará de ser un nicho pequeño.
  4. La mayoría tardía (34%): Son escépticos y tradicionales. Se adaptan a la novedad no por convicción, sino por miedo a quedarse en fuera de juego o porque “todo el mundo ya lo hace”. Cuando este grupo llega, vuestra innovación o vuestro rasgo diferencial ya ha dejado de serlo y os habéis convertido en el nuevo estándar del mercado.
  5. Los rezagados (16%): Son los resistentes al cambio que miran con nostalgia el pasado. A menudo solo aceptan las novedades cuando no tienen ninguna otra opción. Se convierten en una fuente de críticas constantes cuando la escuela evoluciona; por tanto, gastar demasiada energía intentando convencerlos suele ser estratégicamente un error.

En 1991, Geoffrey Moore hizo una importante matización a la curva de Rogers con la publicación de su obra Crossing the Chasm. Moore descubrió que, en el camino hacia el éxito masivo, la progresión entre los segmentos no siempre es fluida ni lineal. El salto más crítico se encuentra entre los adoptantes tempranos y la mayoría inicial, donde se abre un “abismo”, una grieta profunda que puede hacer naufragar cualquier proyecto.

La ruptura se debe a que las expectativas de ambos grupos son radicalmente opuestas: mientras que los visionarios buscan un cambio disruptivo y están dispuestos a tolerar ciertos errores en el proceso, los pragmáticos buscan una mejora segura, sin sobresaltos. Es decir, aplicado al marketing educativo, los argumentos que pueden entusiasmar a un padre innovador (como la gamificación en el aula o, por el contrario, la ausencia completa de pantallas) pueden aterrorizar al padre pragmático, que percibe riesgo donde el otro ve oportunidad.

Por tanto, cruzar el abismo exige un cambio total de estrategia y de lenguaje: hay que dejar de vender “la promesa de futuro” para pasar a vender “la prueba del resultado”. Si la escuela no es capaz de construir ese puente de confianza, corre el riesgo de quedarse aislada en un nicho, sin llegar nunca a la masa crítica de familias necesaria para su sostenibilidad.

Cuando un centro solo habla el lenguaje de los visionarios, la mayoría pragmática de padres se asusta. Piensan: “Muy bonito, pero ¿mi hijo aprenderá a sumar?” o “Esto está muy bien para los demás, pero yo quiero que entre en la universidad”.

Tender puentes sobre el abismo

Este problema no se da solo en la comunicación institucional que hacéis desde el colegio. El boca a boca —camino principal para la incorporación de nuevas familias— también está condicionado por ello. Si un padre muy alternativo y entusiasta le dice a un padre que busca seguridad y resultados al elegir el centro donde llevar a sus hijos (mayoría inicial): “¡Nuestra escuela es increíble, no hacen exámenes y los niños deciden qué aprenden!”, el padre pragmático no se apunta porque se asusta. El boca a boca se convierte en freno para la incorporación, en lugar de impulsarla.

El error más común en marketing educativo es pedir referencias a los padres más “fans” sin darles un argumentario adecuado. El problema es que los early adopters venden una revolución. Es necesario, por tanto, domesticar su mensaje, ofrecerles datos de rendimiento para que, cuando hablen con sus amigos más conservadores, tengan argumentos que estos últimos puedan aceptar.

Para que el boca a boca cruce el abismo, para crear puentes de confianza entre segmentos, necesitáis que vuestros embajadores hablen de beneficios tangibles, no solo de filosofía pedagógica. Buscad aquellas familias puente que sean respetadas por su rigor y pragmatismo. Si una madre que es abogada o un padre que es ingeniero (perfiles que transmiten rigor) afirma que el método funciona, será más fácil que la mayoría inicial dé el paso. Su boca a boca vale el doble. Porque, para que funcione con la mayoría inicial (los pragmáticos), necesitan ver que a alguien “como ellos” le ha ido bien. En las puertas abiertas o los encuentros de familias, no pongáis solo a hablar al padre que es artista y al que le encanta la innovación o al que es muy afín al ideario de la escuela. Poned a la madre que trabaja en una multinacional y valora la eficiencia, a la familia que entró con reticencias en la escuela cristiana y ahora está encantada. Ese es el “referente” que hace cruzar el abismo.

Por tanto, debéis diseñar vuestro argumentario según quién habla con quién. En vuestra estrategia de referral, segmentad lo que queréis que se diga:

QUIÉN HABLA
A QUIÉN PARLA
MENSAJE
EARLY ADOPTER
MAYORÍA INICIAL
"Es moderno, sí, pero los niños salen con un buen nivel de inglés y unas notas fantásiticas."
MAYORÍA INICIAL
MAYORÍA INICIAL
"Yo también tenía al principio miedo, pero mira qué tranquilos estamos ahora. Funciona."
MAYORÍA INICIAL
MAYORÍA TARDÍA
"Es el colegio de toda la vida del barrio, pero puesto al día. No te arriesgas a nada."

Esto no debe aplicarse solo a la innovación educativa estricta. Sucede exactamente lo mismo cuando se está eligiendo una escuela religiosa, una que sitúa la educación física como elemento central de la formación o otra que enfatiza el desarrollo de la sensibilidad artística.

El boca a boca ideal no es el que la escuela fuerza (“trae a un amigo y te hago un descuento”), sino el que nace espontáneamente del orgullo y la satisfacción. Pero, aun así, hay que darles objetos o contenidos digitales (un vídeo corto de un proyecto realizado o un gráfico con los resultados de la Selectividad o de las pruebas externas de inglés) que sean fáciles de compartir por WhatsApp y enfoquen mejor su referencia. Por ejemplo, asegurando que el vídeo muestre orden y competencia, no solo niños jugando. Eso es lo que el padre pragmático se atreverá a reenviar a su grupo de amigos.

Todas las clases en inglés

Santi es un early adopter y un padre entusiasta de la escuela Nido de Estrellas. Le encanta el cambio que han implementado para 1º de Primaria. A partir de este curso, su hijo está haciendo el 100% de las clases en inglés. Carmen, en cambio, es una adoptante tardía. Es madre de María y antigua alumna. Prefería el cole de siempre, aquel donde la lectoescritura se hace paso a paso en la lengua materna y donde ella sabe exactamente qué se está aprendiendo. Solo aceptaría cambiar si ve que el sistema actual es ineficiente o deja a su hija en desventaja.

—Carmen, ¿qué te parece el nuevo proyecto del colegio? En 1º han eliminado el español del horario, ¡lo hacen todo en inglés! Mates, ciencias, plástica… es una inmersión radical, como si vivieran en Londres. ¡Pablo ya sueña en inglés!

—¡Dios mío! ¿Pero qué me estás diciendo, Santi? ¡Todo en inglés! ¡Eso está siendo un galimatías! Menos mal que Maria ya hace 3º y se lo perderá. ¿Cómo querrías que aprendiera a leer o a sumar si el maestro le hablase en una lengua que no entiende? Te estás equivocando: 1º es el curso más importante para la base. Eso de la “inmersión radical” estará muy bien para los americanos, pero aquí los niños tienen que saber escribir primero su lengua.

—Que no lo entiendes, ¡es un cambio de paradigma! El cerebro es una esponja y se están rompiendo las barreras lingüísticas desde el primer día para empoderar al alumno en un mundo global.

—Mira, a mí no me vengas con inventos ni experimentos. Yo quiero que mi hija salga sabiendo leer bien lo que le toca. En “la escuela de la vida” ya nos fue bien a nosotros, ¿no? Si los americanos lo hacen también en su lengua y no en castellano, por algo será1.

Santi se ha equivocado en su argumentación porque ha utilizado palabras que para una tardía son “alertas rojas”: eliminar la lengua materna, inmersión radical, experimento, romper con lo tradicional. Carmen siente la innovación como un riesgo académico peligroso. El tardío solo se mueve cuando siente que el cambio es el nuevo estándar seguro. Para convencerla, el mensaje de Santi no debería haber sido disruptivo, sino “lo que ahora es necesario y eficaz”. Veámoslo:

—Escucha, Carmen —en el momento en que hablan de las extraescolares—, ¿con Maria todavía tenéis que pagar academias de inglés donde van los niños por la tarde para que aprendan cuatro palabras?

—Hombre, sí, es un esfuerzo, pero es que en la escuela hacen muy poco y, si no, no aprenderá nunca.

—Yo habría hecho igual, pero por suerte en 1º ya hacen lo mismo que las escuelas internacionales de prestigio. Nada de inventos: hacen el 100% en inglés porque es lo que les pedirán después en cualquier trabajo o universidad. Es lo que toca ahora para no perder el tiempo, ¿no? Si no, los niños se quedan atrás y tienen que ir cansados haciendo clases extra cada día.

—Ah, ¿quieres decir que es lo que hacen en las escuelas de referencia? No había pensado que con eso puedes ahorrar tiempo y dinero…

—Sí, y lo mejor es que el sistema de lectura está muy pautado. Tienen unos informes de seguimiento donde ves exactamente cómo evoluciona en las dos lenguas a la vez. Es mucho más controlado que antes, porque te aseguras de que domina el inglés sin que baje el nivel de castellano. De hecho, muchos padres de nuestro grupo que eran muy reticentes se han lanzado porque ven que es la manera de no quedarse fuera de juego.

—Ah, si dices que está tan controlado y que te ahorras las academias de la tarde… quizá sí que me habría gustado que le hubiera tocado a Maria. No quiero que sea la única que no sepa hablar inglés de verdad.

En el boca a boca con tardíos, lo que suma es hacerles sentir que la innovación ya no es un lujo alternativo, sino el estándar actual de los colegios que funcionan. También que hay control y orden; no hace falta hablar de “libertad”, sino de métodos pautados y seguimiento. Y, finalmente, aprovechar el miedo a la exclusión: el tardío se mueve por el temor a que su hijo “se quede atrás” respecto a la masa o al mercado, no por las ganas de ser el primero en probar una novedad.

¿Cómo conseguiremos que los más entusiastas no remen en contra sin querer? Lo hablaremos en el próximo post. No esperéis la panacea, porque no es solo cuestión de argumentos. Cuentan muchas otras cosas, como el entusiasmo con que se habla. O también, por ejemplo, la observación: ver cómo son los hijos de los amigos.

Pero de entrada hay un camino imprescindible, si queréis que sean convincentes: datos. Llenad su argumentario de datos irrefutables.

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  1. No pretendo en ninguno de los ejemplos defender el punto de vista del colegio. Es más, en este caso los expertos recomienden que el primer aprendizaje se haga en la lengua materna. El caso sirve para entender los puntos de vista opuestos para que pueda aplicarse a cualquier situación.