Es la hora del patio. En la sala de profesores, un docente de una treintena de años deja el café a media bebida, se acerca a un compañero y habla con voz baja:
—Oye, me han dicho que a Laura el otro día se le fue de las manos la clase de 5º y tuvo que venir otro profe a ayudarla. No sé, con su poca experiencia… Dicen que la dirección no están muy contentos y que no la renovarán.
El otro se interesa enseguida. «Ay, pobre criatura». Y la conversación sigue unos minutos: quién lo ha dicho, si es verdad, qué tendrá que hacer si deja la escuela… Nadie lo sabe a ciencia cierta. Nadie les ha pedido tampoco que se ocupen ellos. Pero la información ya ha entrado en la sala, y dentro de poco, sin que nadie lo haya decidido conscientemente, la conocerán medio claustro.
Hace 2.400 años, alguien ya sabía muy bien cómo detener esto antes de que comience. Un día, un conocido se acercó corriendo a Sócrates:
—¡Sócrates, tengo que contarte lo que acabo de oír sobre un amigo tuyo!
—Espera —le detuvo Sócrates—. Antes de contármelo, pasémoslo por la criba de las tres preguntas.
–¿Cómo? ¿Tres preguntas?
–Primero, la criba de la verdad: ¿estás completamente seguro de que es cierto?
—No… lo he oído decir.
—Bueno, pues no lo sabes a ciencia cierta. Probamos la segunda criba, la de la bondad: ¿es algo bueno lo que me quieres contar?
—No, al contrario…
—Así que quieres contarme algo malo de él, y ni siquiera estás seguro de que sea cierto. Probamos la última criba, la de la necesidad: ¿me será útil, de alguna manera, saberlo?
—No, la verdad, no.
—Pues bien —concluyó Sócrates—, si lo que me quieres decir ni es cierto, ni es bueno, ni es necesario, ¿por qué hablar de ello?
Sócrates nunca estuvo en una sala de profesores. Pero creo que muy a menudo tendríamos que tener algún Sócrates a nuestro lado.
Volvamos a Laura de antes y pasémosla por la misma criba. ¿Es cierto, a ciencia cierta, o es una información que ha ido pasando de boca en boca hasta llegarnos de tercera o cuarta mano? ¿Es bueno, para Laura que esto se diga en ese momento y en ese lugar, sin que nadie lo haya confirmado? Y, sobre todo: ¿me será útil, como docente, saberlo para hacer mejor mi trabajo? Ninguna de las tres preguntas sobrevive.
Aquí conviene hacer un matiz importante, para que no parezca que digo que nunca se debe hablar de la situación de un alumno o un compañero: existe una diferencia real entre compartir una información necesaria y compartirla por puro desahogo o afán de tener novedades. Que un tutor explique a otro docente una situación familiar delicada de una niña para que entienda por qué la alumna está especialmente sensible esta semana, es información necesaria, y pasa la tercera criba sin problema. Que se comente en la sala de profesores, sin ningún propósito más allá de la curiosidad o el cotilleo, es exactamente lo que Sócrates detenía.
En la tercera criba, la de la necesidad, es donde se juega toda la diferencia. No es casualidad que nos cueste. Hay investigaciones, como las del antropólogo Robin Dunbar, que apuntan a que buena parte de la conversación humana espontánea es, de hecho, chafardería social: hablar de terceras personas es una manera muy antigua y muy humana de crear vínculo con quien tenemos delante. No somos peores personas por sentir la tentación. Pero conocer ese mecanismo nos ayuda a no confundirlo con una necesidad profesional real. Merece la pena cambiar la mirada y preguntarnos también qué ganamos, nosotros, cuando decidimos callar.
Porque la discreción no es sólo una forma de evitar daño a un compañero, un alumno o una familia: es, ella misma, una pieza central de la marca personal de un docente. Piensa en algún compañero o compañera de quien, con toda naturalidad, dirías «con él puedes hablar tranquilo, no lo propalará». Esta fama no se alcanza en un día, y no se logra diciéndolo: se consigue exactamente callando muchas veces donde otro no habría callado.
Es algo contraintuitivo que merece la pena remarcar: donde a menudo se valora a quien habla más, a quien opina de todo, a quien tiene siempre algo que decir, la prudencia parece, de entrada, un activo discreto, casi invisible. Pero es exactamente lo contrario: es uno de los activos que más tardan en construirse y que, una vez que se tienen, más difíciles son de perder. Una familia que sabe que su confidencia no saldrá de esa conversación, confiará mucho más la próxima vez. Un compañero que sabe que no hablas de él cuando no está, te hablará con más apertura cuando esté ahí.
La reputación que da contar cosas interesantes se construye rápido y se puede derrumbar en un día. La que da la prudencia se construye poco a poco, y es, de todas, la que tarda más en romperse.
Te propongo, por esta vez, un sencillo ejercicio. No hace falta que apliques las tres preguntas de golpe, cada vez: elige una, la que más te cueste cumplir, y ponla a prueba conscientemente cada vez que estés a punto de comentar algo sobre un compañero, alumno o familia:
- Si lo que te cuesta es la criba de la verdad: pregúntate antes de hablar si lo sabes a ciencia cierta o sólo lo has oído decir.
- Si es el de la bondad: pregúntate si lo que estás a punto de decir suma algo positivo, o sólo hiere.
- Si es el de la necesidad: pregúntate si esa información les hace falta de verdad para hacer mejor su trabajo, o sólo satisface la curiosidad del momento.
La información que recibe un tutor no es suya para compartirla como le plazca: le ha sido confiada. Sócrates hace 2.400 años tenía claro qué convenía decir y qué no. Y esto sin haber estado nunca en ninguna sala de profesores. Nosotros, hoy, ya sabemos dónde aplicarlo, porque hace mucha falta.
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