Ahora ya no encontrarás animales en los circos. Dicen que cuando había elefantes, una escena pasaba desapercibida para la mayoría del público: este animal de casi cuatro toneladas, capaz de arrancar un árbol de raiz o de tumbar un camión de un empujón, permanecía perfectamente quieto junto a la carpa, sin huir nunca, con una sola pata atada por una cuerda delgada. Ninguna reja. Ninguna cadena gruesa. Sólo una cuerda que, físicamente, no le habría costado nada romper.
Cuando el elefante todavía era una cría —débil, insegura sobre sus patas, sin la fuerza que tendría de mayor—, sus adiestradores le habían atado con esa misma cuerda en la misma estaca. La cría estiraba, se resistía con todas sus fuerzas, chillaba, intentaba arrancar la estaca del suelo. Nunca lo conseguía: todavía no tenía bastante fuerza. Quizás lo volvía a probar al día siguiente. Y al día siguiente del día siguiente. Hasta que, un día, dejaba de probarlo. No porque ya no pudiera –cada día que pasaba, de hecho, era algo más fuerte– sino porque había aprendido, a base de fracasos repetidos, una conclusión que ya no volvería a cuestionar nunca más: «contra esta cuerda, yo no puedo».
Años después, convertido en un animal enorme, capaz de romper esa cuerda sin ni darse cuenta, el elefante ya no volvía a intentarlo. No era necesario vigilarle de cerca. La cuerda no le retenía: le retenía el recuerdo de cuando, de pequeño, sí lo retuvo.
Es lo que los psicólogos llaman «indefensión aprendida», el mismo mecanismo que Martin Seligman documentó en los 60 en unos experimentos con perros. Tras recibir descargas de las que no se podían escapar, dejaban de intentar escaparse incluso cuando después sí que podían hacerlo fácilmente.
A veces nos comportamos como esos animales. ¿Cuántas cosas nos creemos incapaces de hacer hoy, no porque realmente lo seamos, sino porque hace años —cuando todavía éramos la cría, no el adulto que somos ahora— lo probamos una vez, no salimos adelante, y decidimos, sin darnos cuenta, que aquello «no era para nosotros»?
Por eso vale mucho la pena que dediques un rato a reflexionar sobre tu visión. Tu visión es cómo imaginas el futuro que te espera, detallándolo como si ya lo hubieras conseguido. No un sueño irrealizable. Una meta difícil, pero a la que sabes que podrás llegar si te esfuerzas.
Se trata de que describas cómo quieres que sean las cosas dentro de mil días. ¿Por qué mil días? Porque el hecho de que veas claro qué metas quieres proponerte y cómo tendrás que actuar para conseguirlas, no significa que las consigas en un santiamén. Necesitará esfuerzo, constancia, paciencia y sobre todo tiempo.
Tu visión –la de tu marca personal– es un castillo que vas a construir piedra a piedra. Cada éxito será un sillar que irás poniendo en el muro. Este castillo nada tiene que ver con estos hinchables de fiesta mayor. Hay quien piensa que construye su marca a base de gestos y declaraciones, de contenidos llamativos en sus redes sociales, pero en cuanto dejan de soplar, todo desaparece. Era aire, humo.
Imagina el futuro en mil días con el realismo y el pragmatismo que proviene de todo el esfuerzo que pongas en conocerte tú y tus circunstancias. Pero que el conocimiento de tus limitaciones no te lleve a dejar de soñar como al pobre elefante.
Como ejemplo, te cuento algo sobre mi visión. Para mí tuvo mucha fuerza emocional contar en una sesión formativa en una escuela de Medellín, que había redactado mi declaración de visión hacía tres años. La leí en voz alta: «Estaré ayudando a colegios de diferentes partes del mundo a través de la formación de directivos y profesorado y le asesoría algunos». En ese mismo momento quedaba patente que lo había conseguido. Convenía, pues, que concretara una nueva visión.
¿Cómo quieres que sean las cosas en mil días? Redacta una frase clara y breve orientada a un futuro concreto que describa algo que puedas conseguir si tienes unos objetivos. No hace falta que lo llenes de detalles. Sólo hace falta que haya lo más importante que quieres conseguir.
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