Lo que ahora te contaré es una historia de hace muchos años. Es muy posible que ya la conozcas, pero te la cuento para que miremos qué lección podemos sacar a través de la huella que dejamos en nuestros alumnos, que es esto en definitiva nuestra marca personal.
En septiembre de 1964, en los inicios de curso escolar, Robert Rosenthal, profesor de psicología de la Universidad de Hardvard, se presentó en una escuela pública de Primaria del sur de San Francisco (California) para realizar unos tests de inteligencia al alumnado. Era un centro modesto, con un alumnado muy diverso; un 17% era de origen mejicano. La directora Lenore Jacobson quería explorar hasta que punto las expectativas de los profesores podían estar influyendo en el rendimiento escolar.
El plan fue el siguiente: todos los alumnos realizarían el test de inteligencia y después, Rosenthal y Jacobson elegirían uno de cada cinco alumnos y los etiquetarían como “Intellectual bloomers”, alumnos con una gran capacidad de crecimiento intelectual. La cuestión es que esta elección se haría puramente al azar, sin fundamento real alguno.
Así, los maestros recibieron un listado con los nombres de los alumnos “prodigiosos” pero no los resultados de las pruebas. No se les dijo que ese potencial era ficticio. Rosenthal y Jacobson querían responder a esta pregunta radical: ¿qué ocurre cuando un maestro cree firmemente que un alumno aprenderá?
El estudio puso al descubierto cómo la mirada del docente puede convertirse en profecía. Al final del curso, se repitieron los test. Los alumnos supuestamente bloomers habían experimentado mayores mejoras en las puntuaciones que el resto. Lo que había pasado es que el profesorado les había tratado de forma distinta. Conscientemente o no, les habían dedicado mayor calidez, más apoyo, más oportunidades de participación, más estímulos positivos. Y, claro. Esto había contribuido a su progreso.
El optimismo del docente respecto a los alumnos –ingenuo en este caso– se traducía en comportamientos muy concretos: más tiempo de espera, más feedback cualitativo y mayores oportunidades de participación. Estos pequeños comportamientos creaban en los niños un entorno de seguridad psicológica que favorecía el aprendizaje.
¿Quieres conseguir mejores resultados con tu alumnado? Hazlo sin ingenuidad, pero igualmente sé más paciente, ofréceles más oportunidades de participar, háblales con más confianza…
Los resultados del experimento se publicaron en el libro de Rosenthal y Jacobson Pygmalion in the Classroom (1968), que se hizo muy famoso. Cabe decir que posteriormente también han aparecido otros estudios que, como mínimo, matizan su validez.
Desde el punto de vista ético y con la mentalidad actual, este experimento es claramente problemático. Había un engaño deliberado al profesorado y al alumnado y no había un consentimiento informado. Además, las expectativas positivas sobre algunos niños perjudicaban claramente a los demás, que quedaban implícitamente relegados a expectativas más bajas.
Algunas investigaciones ponen en duda que el profesorado aceptara acríticamente el listado, a pesar de su experiencia diaria contradictoria.
Pero aprovechamos lo bueno para nosotros el experimento: LAS EXPECTATIVAS DEL PROFESORADO INFLUYEN EN LOS RESULTADOS DE LOS ALUMNOS.
O sea, la confianza que tengas en cada uno de los alumnos de clase les ayudará a llegar más lejos. Para pensar en ello, ¿no?
Evidentemente, esto no quiere decir que una expectativa alta es suficiente para que esa chica consiga todo lo que se proponga.
–¡Tú puedes!
Pues no. No siempre se puede cualquier objetivo.
Pero sí que es cierto que con mayores expectativas pondrás más medios para que se cumplan. Y esto hace más posible no cualquier meta, pero sí un objetivo razonable al que no se estaba llegando.
Te cuento una anécdota personal, con no mucho mérito por mi parte. Cambiaron de clase un alumno inteligente pero muy conflictivo en la segunda semana de 3º de la ESO porque la tutora del A era más veterana que el del B y sabría gestionar mejor los conflictos. Así dejé de tenerlo en Lengua.
Cuando me lo crucé por el pasillo le dije:
–¡Óscar! Qué pena, ya no te tendré más en clase…
No sé si fui del todo sincero, al menos procuré ser amable. Entonces le hice una profecía gratuita:
–Cuando llegues a 2º de Bachillerato (señalé hacia las aulas), te volveré a dar clase y serás un alumno brillante.
Yo me olvidé del todo de esa conversación. Me la recordó con gratitud a su madre en el día de graduación, antes de ir a la universidad. Aquella frase le concienció en plena adolescencia de que tenía que hacer un buen bachillerato y así fue. Desde entonces pienso a menudo en el potencial que tiene lo que decimos a los alumnos. Y empieza, claro, por ser más conscientes de lo que pensamos de ellos.
Por el contrario, también el pesimismo pedagógico puede convertirse en una profecía autocumplida negativa. Recuerdo, en este sentido, una madre que repetía constantemente al hijo, para que rectificara y se pusiera a estudiar:
–Hijo mío… ¡es que no tienes voluntad!
Con tanta insistencia logró que, que lo creyera. Si le quedaba algo de confianza en sí mismo, la perdió definitivamente.
Si como docente piensas que todo es un desastre, que las cosas están peor que nunca, que este curso es el peor que has tenido en tu vida, pasas a ser parte importante del problema. Acabarás tratando mal a tu alumnado y no te darás cuenta de tu peso en su desmotivación.
Tengo unos vecinos que continuamente se pelean gritando y se oye de todo. La madre no para de reñir a los hijos. Un día el adolescente se quejó:
–¡A mí nadie me respeta en esta casa!
La madre reaccionó de inmediato:
– ¡A ti sí que se te respeta, imbécil!
Si te propones pequeñas metas optimistas, convencido de que los alumnos son capaces de llegar, estarás haciendo una gran aportación a su educación. ¿No crees que es mejor equivocarse en las expectativas por exceso que por defecto?
En una reunión de evaluación final de la ESO aprobamos a un alumno con una asignatura suspendida. El profesor de la materia pontificó:
–Muy bien. Ahora lo aprobamos. Pero ese chico no terminará el bachillerato.
Aquel chico que no debía terminar el bachillerato estudió magisterio, realizó el máster y hoy es el director de un colegio.
Insisto: no afirmo que basta con las expectativas para conseguir cualquier meta. Pero soy profundamente optimista desde el punto de vista educativo. Cuando los padres y los profesores se ponen de acuerdo para conseguir que un niño o una niña mejore –que tenga más orden o más capacidad de trabajo, que supere unas carencias en el carácter que le alejan de los demás, que no mienta…– y van de acuerdo en conseguirlo, esa meta se alcanza siempre, si se mantiene con constancia. Hay que confiar en ellos. Los niños y niñas son como esponjas y tienen una gran maleabilidad.
Claro, necesitarás antes convencer a los padres, porque al fin y al cabo son los primeros educadores. Pero seguro que con tu reputación lo harás muy bien.
Sé optimista, con un optimismo eficiente, padres y escuela juntos. Tienes el aula llena de directores de colegio.

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