Lo oí en un libro de Audible: los tres primeros segundos de cualquier encuentro entre personas son determinantes para el resultado de ese encuentro. Tres segundos son poco tiempo. 1, 2, 3, ¡ya está! Y estos tres segundos pueden cambiar todo.

Continuamente estamos emitiendo juicios sobre el comportamiento de los demás, desde el primer instante en que observamos a alguien. Lo hacemos, queramos o no. Creemos, por ejemplo, que una colega maestra es una persona atenta, el día que nos hemos conocido en un congreso, sencillamente porque en ese primer momento ha estado atenta con nosotros, cediéndonos el sitio que tenía al lado. Y no es que hayamos formulado un razonamiento elaborado y consciente. Hemos deducido que es así, gracias a esta primera experiencia. Y a continuación sucederá algo más importante: nuestra forma de tratarla se adecuará a la percepción que hemos tenido.

Las personas que nos demuestran calidez y competencia nos atraen de inmediato. Es lógico. Pero también ha sido estudiado. Chris Malone y Susan T. Fiske, autores de The human brand, demostraron que en el 80% de las veces, emitimos nuestro primer juicio exclusivamente sobre estas dos cualidades –y siempre por ese orden–: la calidez y la competencia.

Decidimos que una persona es cálida cuando percibimos en la primera impresión que es amable, bondadosa, sincera, honesta, servicial, comprensiva, tolerante, justa o generosa. Es decir cuando vemos cualidades que la hacen merecedora de nuestra confianza. Para efectuar este primer juicio, no necesitamos demasiados datos: basta con observar su rostro durante una fracción de segundo.

Imagina que entras a dar clase en un aula por primera vez y una cara con ojos bien abiertos te sonríe. Con razón o no, esa alumna se habrá ganado tu confianza. En cambio, desconfiarás, quizás sin fundamento, del chico que se sienta al lado, porque en el momento en que has entrado ha fruncido las cejas.

Así pues, la cara humana –el espejo del alma– se convierte en nuestro indicador automático de calidez. Cuando éramos bebés y todavía no entendíamos el lenguaje humano, aprendimos a interpretar la expresión facial de nuestras madres. Lo hacíamos sin haber recibido ninguna instrucción que nos permitiera entender el sentido de cada gesto. En ese proceso tuvieron un papel relevante las neuronas espejo. Las neuronas espejo nos ayudaron a detectar las emociones, el movimiento e, incluso, las intenciones de la madre y a recrearlas en el propio cerebro, provocando lo que Daniel Goleman llama un “contagio emocional”. Es justamente gracias a las neuronas espejo que adquirimos la empatía, porque comprendíamos el sentido de las acciones de los demás.

Nos cuentan Fiske y Malone que no sólo la calidez se percibe rápidamente. La competencia tiene también manifestaciones corporales. Las personas que ocupan más espacio dominan a las que ocupan menos. Una postura firme de pie con aire de poder eleva la testosterona, baja el cortisol y facilita la toma de decisiones. Dicho con otras palabras: adoptar una postura y una gesticulación determinadas no sólo son indicadores de mucha o poca confianza en uno mismo, sino que contribuyen a generar o mermar esa confianza.

LOS TRES PRIMEROS SEGUNDOS EN LA ESCUELA

Lo he dicho hasta la saciedad: la marca de la escuela es su profesorado y el PAS. No hace falta que lo repita más, ¿verdad? De hecho, ninguna marca humana es un ente abstracto: la integran un conjunto de personas que actúan de acuerdo con unos valores y una cultura que comparten. Son sus comportamientos los que configuran la personalidad de la marca. Por tanto, cada uno de nosotros somos responsables de la imagen que proyecta nuestra escuela. Cuando en una escuela, su cultura corporativa lleve a todos a buscar tanto la calidez como la competencia la escuela conseguirá ser atractiva a la gente, fidelizarlos y dotarles de orgullo de pertenencia.

No quisiera hacer mío a ciegas, todo lo que se ha dicho sobre hemisferios derecho e izquierdo del cerebro. Parece que se ha hecho una exageración de la separación en dos hemisferios. Como también en tres cerebros históricos o sobre las diferentes hormonas que se segregan: no hay grifos independientes de oxitocina, dopamina, serotonina… y ahora se abre uno u otro. Que nos perdonen los expertos. Con todos los matices que sean necesarios, pues, sobre la manera de decirlo: los estudios de psicología nos muestran que activar emotivamente el hemisferio derecho (o bien la parte del cerebro donde se retengan todos los mecanismos ligados a la creatividad, a la fantasía, a las emociones, a los estados de ánimo, a los sentimientos) añade un valor particular a la relación con las personas.

«Encender el hemisferio derecho» en clase, por ejemplo, nos ayuda a captar la atención de los alumnos distraídos y aburridos y despertarles el interés. Lo conseguimos porque no solo nos centramos en el contenido del mensaje, en la materia de la asignatura, sino que también activamos el tono de la voz, la mirada, los gestos… En definitiva, expresamos nuestra personalidad a través de la comunicación corporal .

La empatía es, justamente ese saber adecuarse a las emociones de los demás. Y ellos nos corresponden porque perciben nuestra auténtica atención, sensibilidad y escucha. Así pues, la empatía nos ofrece continuamente nuevas oportunidades relacionales, cuando los demás sienten que somos auténticos y que están en el centro de nuestra atención. Un contacto visual cálido, una expresión facial de bienvenida, una pose de acogida, un gesto de reconocimiento y respeto, sin los brazos cruzados, acercarse a la persona… todo esto son pequeños mensajes que podemos dar y de los que debemos ser conscientes de adquirir sensibilidad relacional. No se trata de desarrollar una técnica impostada. Lo que debemos ser sobre todo es espontáneos y sinceros. Lo expresaba uno con gran acierto: lo importante no es cómo das la mano, sinó qué estás pensando cuando das la mano.

Demostraríamos poca empatía si no supiéramos apreciar cómo se articulan todos estos detalles en nuestro cuerpo. Porque los demás sí los captan perfectamente. Todo el mundo sabe reconocer una sonrisa sincera porque se mueven muchos más músculos que en una falsa. Es que incluso cuando hablamos por teléfono captan por la entonación, si estamos sonriendo de verdad o no.

Si estos momentos de arranque son tan importantes, ¿por qué no nos fijamos con atención en los primeros tres segundos en los que entramos en contacto con cualquier persona? ¿Por qué no generamos en la cultura corporativa de nuestra escuela el hábito de ser muy cuidadosos con estos detalles? ¡Un pequeño instante al inicio, y que la química después haga su trabajo! Estoy convencido de que nos cambiará el estilo de relación con todo el mundo de una forma en que no habíamos pensado nunca.

  • La tutora que respira profundo antes de entrar en el aula, para dejar de lado el enfado de un asunto que nada tiene que ver con el alumnado de 3º A.
  • El compañero que ya desde lejos sonríe a la profesora que ha vuelto a la escuela después de una semana de confinamiento.
  • El profesor que levanta la cabeza de los exámenes que está corrigiendo y responde a la alumna que entra en el despacho para pedirle qué nota ha sacado, con una sonrisa y un «Tranquila, lo sabrás pronto».
  • La directora que no mira el reloj justo cuando entra en su despacho una profesora con fama de pelmazo.
  • La maestra de infantil que, en la entrada de la escuela, saluda amablemente a unos padres que no conoce de nada.
  • La recepcionista que no se irrita porque una madre le ha explotado directamente con una reclamación sin siquiera saludar.

Alguien pensará que hablo con ingenuidad. Empatizar con todo el mundo en todo momento es muy difícil. Hacer que se convierta en parte de la cultura corporativa del colegio, una quimera. Pero ¿no somos todos capaces de dar importancia a los tres primeros segundos? Todas estas personas –y tanto otros ejemplos que vale la pena que os paréis a imaginar– sólo en un brevísimo instante están generando el clima extraordinario que le cambiará vuestra escuela.