Es doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona (1992) y doctor en Teología por la Facultad de Teología de Cataluña (1997). Amplió estudios en las Universidades de Copenhague y Berlín. Es catedrático en la Universidad Ramon Llull, imparte cursos y seminarios en otras universidades de España y de América. Alterna su actividad docente con el oficio de escribir, y divulgar su pensamiento. Dirige la Cátedra de Pensamiento Cristiano del Obispado de Urgell. Es también Director de la Cátedra Ethos de ética aplicada a la Universidad Ramon Llull y vicepresidente de la Sociedad Hispánica de Amigos de Søren Kierkegaard (shaker), académico de número de la Real Academia Europea de Doctores y Miembro de honor del Consejo Superior Europeo de Doctores y Doctores Honoris Causa.
Ha recibido numerosísimos premios, tanto por sus estudios como por sus obras.
Autor prolífico. Ha escrito libros sobre filosofía, teología, virtudes, educación… No podemos citarlos todos. Además de Pasión por educar, destacamos Lideratge ètic, donde explora cómo se construye un «liderazgo ético» y sus componentes imprescindibles, y nos presenta cinco líderes mundiales que han convertido en referentes morales.

UN LIBRO
Pasión por educar
Este libro se ha escrito e ideado como una apología, como una defensa del maestro y de su labor en el seno de la sociedad. Tiene como objetivo reivindicar, con solemnidad, la vocación y la profesión de maestro, porque realmente Torralba la concibe como una de las más nobles que puede ejercer un ser humano en este mundo. Está dedicado a quienes entregan su vida en el aula; a quienes dan todo su ser en el aula y no guardan nada para sí mismos. Tal donación y entrega tiene sentido, y deben sentirse satisfechos por lo que crean con su actividad. Se ofrece un abanico de razones, un hilo argumental para que los maestros desencantados descubran, de nuevo, la grandeza inherente a su vocación; pero también para que las nuevas generaciones de candidatos a maestros no desistan en prepararse a fondo para ejercer esta tarea en el mundo.

ENTREVISTA A FRANCESC TORRALBA
Pensador y escritor

En la gestión de una marca escolar es imprescindible partir del conocimiento de la identidad de la escuela. ¿Pero qué es la identidad?
La identidad ciertamente es lo que define una escuela, lo que la hace singular, diferente de las otras, lo que le da su naturaleza. Esto afecta a muchos actores y a muchos niveles. De tal manera que la identidad –que normalmente está contenida en un texto que llamamos ideario, que contiene la identidad, una historia, unos valores, una misión… – para mí, es real cuando se traduce en unas prácticas que son muy singulares. La identidad en una escuela tiene mucho que ver con qué se hace y con cómo se hace. ¿Qué se hace? Aquí enseñamos Historia, por ejemplo. ¿Cómo se hace? De qué manera se trata al educando, a las familias, a los profesores, a las otras organizaciones del sector. Todo esto acaba configurando la identidad. En un contexto como el nuestro, en el que hay mucha competitividad y baja natalidad, las escuelas deben hacer un esfuerzo para delimitar bien su identidad, saberla comunicar y manifestar que esta identidad no es una rémora del pasado, sino una apuesta de futuro.

¿Qué quiere decir que “no es una rémora del pasado”?
Pongo como ejemplo la identidad cristiana. Es una cuestión que me han planteado en muchas escuelas (salesianos, jesuitas, vedrunas…). La identidad de la escuela cristiana cuenta con una historia; con unos fundamentos, el Evangelio; un referente, Jesús. ¿Esto suena a pasado? ¿Entonces, cómo somos capaces de traducir esta identidad de manera que hoy sea inteligible y presentarla con clave de futuro? Si educáramos pensando en el pasado, mal. Hay que pensar en el mundo que se encontrarán nuestros hijos y nuestras hijas. La identidad es lo que nos define, pero debemos traducirlo para el presente y sobre todo delimitar el territorio de la forma en que educamos. Y es un trabajo que se debe hacer en colectivo, con consenso, llegando a unos acuerdos, traduciéndolo en unas prácticas y creando una cultura de organización, de tal manera que los de fuera puedan decir: “Esta gente tienen esta identidad y lo hacen de esta manera”. Por ejemplo, el Hospital Sant Joan de Déu tiene una identidad: la hospitalidad. Es su carisma, es el valor que los define. Pero esto debe traducirse en la praxis, cómo atienden a los enfermos, a las familias, a los niños que nacen, como atienden a las personas que están al final de la vida. Si la identidad no se traduce en buenas prácticas, queda en el terreno de lo abstracto.

La baja natalidad y la consiguiente necesidad de ir a buscar los alumnos lleva a una angustia permanente en las escuelas. ¿Es todo negativo o también se puede sacar algo positivo?
Este tema, como muchos, tiene una doble cara, ciertamente. Introduce un elemento nuevo en las organizaciones, sobre todo las escolares, pero también en las universitarias: tener que ir en busca del educando. Hasta ahora podíamos esperar que vinieran y teníamos el aula llena. Y ahora tenemos que ir a ofrecer nuestra manera de educar, nuestra identidad, debemos ser convincentes, persuasivos, debemos creer la marca, el ideario. Y por otro lado, tenemos que llegar a los máximos niveles de excelencia. La competitividad puede generar angustia, ansiedad, estrés, incluso conflictividad, pero la baja natalidad puede ser también una ocasión de profundizar más en los propios valores, ir a lo esencial, ofrecer un proyecto educativo ambicioso y entusiasmando e implicar a toda la comunidad educativa. Para que la presentación de la propia identidad no la puede hacer un subconjunto muy pequeño, el comité directivo o la titular o el patronato, sino que deben hacerlo todos los actores implicados. Esto conlleva sentido de pertenencia, orgullo de pertenencia, identificación con los valores corporativos y difusión en el exterior.

Por lo tanto, veo un elemento positivo que nos obliga a delimitar mucho los proyectos e ir a lo esencial, sobre todo a sentir un gran orgullo por lo que se hace, de tal manera que se pueda exportar, con convencimiento y no con vergüenza.

Tras la lectura de Pasión por educar, no se tiene ninguna duda del papel clave del maestro en la educación. En cambio, en el marketing educativo parece que todo pivota sobre otras cuestiones: puertas abiertas, instalaciones, tecnologías, la innovación, el plurilingüismo …
Sí. Y aquí nos equivocamos. El centro de gravedad de una comunidad educativa son el educador y el educando. Lo que tenemos que mirar es que el encuentro entre ambos tenga la máxima calidad, la máxima comunicación, sea tan fecundo como se pueda. Naturalmente que es excelente, si este encuentro tiene un contexto positivo, si hay unas tecnologías que lo hacen posible, si hay un entorno en el que la comunicación no tiene alteraciones. Pero no podemos considerar que los elementos del entorno son los centrales. Tengo la impresión de que estamos invirtiendo mucho en la caja, en la esfera, en la ornamentación, en los elementos visuales más instrumentales…

“Una escuela con el afán de ser diferente, de competir, de captar a un potencial cliente, hace innovación también donde no era necesario innovar, porque ya se estaba haciendo bien”

Pero donde hay que invertir todo es en el maestro, ¿verdad?
Al final, el maestro es el que queda como recuerdo de una institución. Todos hemos pasado por escuelas; hay maestros que nos han marcado, que han dejado sello, que han transmitido buenos hábitos, han abierto horizontes, nos han acompañado cuando estábamos hundidos, nos han ayudado a discernir qué teníamos que hacer en la vida, lo que antes llamábamos la vocación… Por lo tanto, sí hay que subrayar el elemento tecnológico, el deportivo, el lingüístico, las perspectivas de futuro, pero lo que es importantísimo, básico, son las personas. Sobre todo el educador, porque es el que permanece –el educando va pasando– y el que finalmente da buen nombre a una organización educativa. Lo tengo clarísimo. Por eso el libro estaba muy pensado para entusiasmar a los educadores en su tarea, para evitar el desencanto, el apagado, la dejadez, porque son terriblemente lesivos para una organización. En cambio, cuando el educador siente pasión por lo que hace, tiene una motivación intrínseca, es un tesoro para la organización. Cuídalo, vela por él, fórmale, mantén este entusiasmo, porque el alumno se da cuenta. Como también se da cuenta de si está desencantado, apagado, quiere marcharse, se aburre infinitamente.

Me ha gustado también que comentara que hoy se subraya mucho la necesidad del esfuerzo en el estudio y no se destaca suficientemente la dimensión de disfrute, de satisfacción intelectual que también genera.
Sí. Estamos subrayando el sufrimiento y la renuncia, incluso la confrontación que tiene la tarea educativa, pero los elementos de placer o gozo -hedonista, si se puede decir así- no los subrayamos suficiente. En cambio, tiene muchos: hay elementos de gratitud, de plenitud, en la medida en que gracias a mi intervención o la de un cuerpo de profesores aquella chica ahora ha aprendido a leer, ahora puede leer Shakespeare, ahora entiende una ecuación , ahora tiene incorporado un valor que será muy útil para su vida laboral o afectiva. Esto crea un gran bienestar interior, una gran plenitud – la llaman el salario emocional– que hace sentir que la vida no es estéril.

Hay escuelas que, quizá por necesidades de marketing, se proyectan a través de su innovación. ¿La innovación es un valor en sí misma?
Observo que en claustros y en muchas ampas donde me invitan, hay dos tendencias: Por un lado la tradicionalista: hacemos lo que siempre hemos hecho, contamos como siempre, examinamos como siempre y enseñamos lo que siempre hemos enseñado. Y luego está el progresismo, una actitud que lleva a innovar, a cambiar, a ser disruptivo: hay que eliminar la clase magistral, el modo de relación con las familias, el comedor… ¡Hay que cambiarlo todo! Jacques Maritain lo llama novolatria, el culto a la última tendencia, el último formato, la última tecnología, el último sistema…

Yo soy partidario de la palabra discernimiento. Se debe disecernir qué de lo que ha hecho hasta ahora es valioso y qué no aporta nada. No me sumo al progresismo, ni tampoco al conservadurismo. Me sumo a un progresismo moderado o un conservacionismo revisado. Ni “como siempre se ha hecho es bueno” ni “como es nuevo es bueno”.

Pónganos un ejemplo.
La prudencia es una virtud cardinal, que ya describió Aristóteles. ¿Algún padre en el mundo no quiere tener un hijo prudente? Nadie. ¿Pero esto es muy tradicional? Sí. Ahora bien, además quieren que sean ecosensibles. Esto sí que es nuevo. ¿Por qué hemos de tirar por la borda lo tradicional, si sigue siendo bueno? Y ser prudente es bueno: a la hora de coger un coche, de decidir el trabajo, de tener hábitos sexuales… Es bueno para la persona y su salud. Ser econsensible –no hay ni una línea sobre esto en Aristóteles, porque no tenía el problema que tenemos ahora– también es bueno. No se deben hacer enmiendas a la totalidad, hay que discernir qué cogemos del pasado y que sumamos del futuro.

¿Es lo que está sucediendo en algunas escuelas?
Una escuela con el afán de ser diferente, de competir, de captar un potencial cliente, hace innovación también donde no había que innovar, porque ya se estaba haciendo bien. Hay una obsesión por la innovación que se convierte en un culto idolátrico a la novedad. Todo envejece demasiado rápidamente. Si funciona bien y da buenos frutos, no lo perdamos. Todo el mundo quiere tener hijos prudentes y humildes y eso es muy tradicional, pero es bueno.

Algunas escuelas no tienen una identidad definida, o peor aún, la han tenido y la están perdiendo. ¿Qué hacer cuando la identidad propia parece que no tiene gancho, como en el caso que ha comentado de la escuela cristiana en una sociedad laicizada?
Este es un debate clásico entre las personas que dirigen este tipo de entidades. Se encuentran con organizaciones de trescientos, cuatrocientos años de vida, con idearios vinculados a un fundador o fundadora con un carisma (Santa Joaquina Vedruna, San José de Calasanz, don Bosco, San Ignacio de Loyola…). Por un lado se encuentran con una masa de profesores que cada vez es más difícil que sintonicen con los textos fundacionales, unos documentos con un lenguaje muy alejado del presente. Esto obliga a lo que me gusta llamar una traducción institucional de los textos fundacionales. Por ejemplo, la palabra beneficencia , que se usaba en el siglo XIX, hoy tiene malas connotaciones. ¿Se puede expresar lo mismo con una palabra más adecuada a la sensibilidad actual? Hay que profundizar en las fuentes, para ver qué mensajes luminosos hay, que ha quedado superado por el tiempo, qué son prejuicios, tópicos, qué son limitaciones de la época, para hacer un trabajo de traducción de la identidad con un lenguaje actual, para poder persuadir a todo este profesorado joven. Esto lo están haciendo muchas organizaciones inteligentes.

“Las escuelas con crisis de identidad tienen que profundizar en las fuentes, para ver qué mensajes luminosos hay, qué ha quedado superado por el tiempo, qué son prejuicios, tópicos, qué són limitaciones de la época, para hacer un trabajo de traducción de la identidad con un lenguaje actual”

Disculpe que le siga pidiendo concreciones…
Vuelvo al ejemplo de Sant Joan de Déu. La hospitalidad es una virtud clásica. Se encuentra en el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, en el Islam, el Judaísmo y en otras tradiciones. Pero es un valor universal. Es difícil encontrar una persona que no reconozca que es más valioso ser hospitalario que ser inhóspito, porque a todos nos gusta ser bien acogidos. Tanto da si es creyente o no creyente, ateo, agnóstico, musulmán, cristiano… Un valor que tiene una profunda raíz cristiana, en el caso de San Juan de Dios, se puede traducir, con una traducción secular, de tal manera que personas que no comparten las convicciones cristianas son capaces de reconocer la nobleza de este valor. Esto es un éxito, porque muchas enfermeras, auxiliares, médicos, cirujanos, psiquiatras que trabajan en una organización mundial como Sant Joan de Déu no participan de las creencias cristianas pero son cohesionados en torno a un valor humano pero de raíz inequívocamente cristiana como es la hospitalidad.

¿Esto es modificar la identidad?
No. No debemos renunciar a lo que somos, no debemos esconder la cruz, no debemos avergonzarnos, sino que tenemos que ser capaces de traducirlo en un lenguaje que sea significativo. Por ejemplo, la parábola de los talentos. Hoy se habla mucho de talento. Hablemos, pues, de talentos. Aprovechemos la parábola. ¿Qué hacemos cuando educamos? Acoger el talento de una criatura, que el mismo y sus padres desconocen, para que este talento sea cultivado y dé frutos. Podemos llamarlo empoderamiento, acoger el talento, hacer crecer la persona integralmente, pero aprovechemos las palabras que ya tenemos y permiten conectar con el presente. En cambio, evitemos las palabras que producen un choque innecesario.

Partimos de la base de que la marca es un signo, un significante que expresa precisamente la identidad de la manera más positiva posible. Hacer otra cosa sería alejarse de la realidad. ¿Cómo ve que hablamos en términos de marca refiriéndonos a escuelas?
De entrada, choca. Observo que hay una colonización en el espacio educativo de lenguaje económico, incluso bancario o comercial. Es diferente decir educando que decir cliente. También sucede en el ámbito hospitalario o social. Es diferente decir un enfermo que cliente; o al usuario de un albergue social, que es un cliente o una persona necesitada o un indigente. En la universidad, el lenguaje también puede ser muy mercantil: créditos, inversión, clientes, producto, resultado, beneficio… Este tipo de lenguaje cada vez está colonizando más la esfera educativa. Después de todo, las escuelas son empresas, que deben funcionar, con salarios, con cuentas de resultado, con pérdidas, crisis, auditorías, etc. La palabra marca la asociamos básicamente al mundo de la publicidad, a la empresa, pero la asociamos raramente al mundo social, a las ONG, al mundo hospitalario y al mundo educativo. Sí, en cambio, al mundo deportivo: la marca FB Barcelona es la marca más relevante de toda Cataluña. En todo el mundo todo se sabe que el escudo significa excelencia, sobre todo en el fútbol y en otras disciplinas.

¡Y que dure, más allá de Iniesta y Messi!
La marca debe existir, pero debe reflejar lo que realmente es una institución. Hablar de una ética de la marca, para mí, significa que debe haber una relación de simetría o de correspondencia. Cuando vemos el logo de Hadvard, automáticamente lo relacionamos con la institución universitaria más excelente del planeta. ¿Esto es una realidad? En este caso sí, a juzgar por todos los rankings donde aparece. Lo que tenemos que exigir es que las marcas reflejen la realidad, sin inflarla ni desinflarla. Esto también hay que exigirlo a las organizaciones escolares. Me parece que es bueno que las organizaciones sean conscientes de que tienen una marca para proyectar al mundo, que puedan ser capaces de definirla y dotarla de contenido y que este signo vierta un significado real, no ficticio. Esto exige darle el contenido que tiene. ¿Vale para McDonalds, para Amazon, Facebook? Pues, también vale para las escuelas y las universidades. Pero de entrada tengo que decir que es un concepto muy extraño para los educadores, trabajadores sociales, enfermeras. Viene del mundo de la publicidad y de la empresa. Seguramente por eso mismo tenemos que entrar.

Aceptando, pues, que son marcas, ¿cómo ve la marca escolar en estos momentos?
Por un lado tenemos una gran riqueza de proyectos educativos: el ámbito público, el privado, el concertado. El ámbito público no es ni uniforme ni homogéneo. A veces ponemos la etiqueta escuela pública y lo metemos todo dentro del mismo cajón. Es un error; también hay una diversidad notabilísima, de centros educativos con sensibilidades diferentes, con proyectos educativos diferentes, sean rurales, urbanos. Por lo tanto, al igual que ni la escuela privada ni la escuela concertada son un todo uniforme, tampoco lo es la escuela pública. Hay escuelas públicas con mucho prestigio y reputación ganados con años, con resultados que se han podido verificar, con evidencias; como también hay escuelas privadas y concertadas que han alcanzado una gran excelencia y grandes resultados. Y al contrario. Por lo tanto, de entrada evitemos el maniqueísmo fácil: público malo y privado bueno, o al revés, público bueno y privado malo. Esto es una gran simplificación.

En segundo lugar vemos que hay una gran diversidad de proyectos. Es importante subrayar que esta diversidad es riqueza de un país, el hecho de que haya escuelas con criterios distintos, con maneras diferentes de enseñar. Es cierto que el Estado debe garantizar unos mínimos y debe inspeccionarlos, debe garantizar los derechos y la equidad. Pero al mismo tiempo lo que no puede hacer es uniformizar, porque la uniformización nos empobrece. Esto vale para la diversidad religiosa, la lingüística, la escolar o educativa. Los dos posibles extremos serían la uniformización, que llevaría a una reducción de la autonomía institucional, o una potenciación en el extremo de cada autonomía institucional, que se convirtiría en un caos donde no se aseguraran los mínimos y no se garantizara la equidad y la igualdad de oportunidades. Es enormemente positivo, por tanto, que tengamos diversidad educativa, diversidad de proyectos y que los padre y las madres puedan, en virtud de sus criterios, valores, convicciones o creencias, discernir donde quieren llevar a sus hijos.

¿Para terminar, daría algún consejo concreto a las escuelas?
Sí. Algo que veo en las escuelas donde voy: superar la moral de derrota. Hay escuelas con una mirada nostálgica, expresada en el “antes sí que todo iba bien”. No, no es verdad. Lo dicen en referencia a que había mucha natalidad, el profesor tenía autoridad, los padres eran respetados, se hacían incluso regalos y obsequios a los profesores cuando acababa el curso… Piensan que lo de antes siempre era mejor, lo que viene es incierto, oscuro y angustioso, porque nos llevará a modificar lo que hemos hecho hasta ahora. El consejo es ver lo que ha de venir como una oportunidad. No es fácil, sobre todo si lo que está por venir es, a nivel personal, una enfermedad o pasar seis meses fuera de la actividad laboral. De entrada no gusta, pero estar quieto durante seis meses permite leer, escribir, escuchar música, permite tener muchas conversaciones. Debemos ser capaces de enseñar a las escuelas que, ante lo incierto y los escenarios cambiantes que estamos viviendo, no practiquen la mirada nostálgica, ni la moral de derrota, sino que vean la novedad como una oportunidad. Observo que hay un sector del mundo educativo que no lo hace, que siempre se está lamiendo las heridas. Deben ver qué pueden aprender de esta situación nueva.