De los tres posibles focos de rumores en la escuela (alumnado, familias y profesorado), el más peligroso es el más próximo: el de las personas que trabajan en la escuela. Luego vendrán las familias.

Cuando nos referimos a niños y niñas pequeños y preadolescentes, de la mayor parte de sus rumores quizás ni debemos interesarnos. No tienen suficiente entidad y no les dan credibilidad ni los mismos padres.

El alumnado pasa muchas horas en la escuela, demasiadas de forma pasiva, aprendiendo a juzgar todo lo que sucede a su alrededor. Especialmente en la edad en que son niños con cuerpo de mayores, sus comentarios pueden llegar a ser fantasías increíbles. “¿Has visto cómo la Sánchez hace la pelota a Montse? Se ve que lleva el coche al taller de su familia y le hacen descuento”. “Fernando, el de Química, dicen que bebe mucho. ¿No te has fijado que tiene la nariz roja?”.

Por eso me había atrevido a afirmar en el libro Tu escuela, una gran marca, que quien está demasiado pendiente de lo que dicen los alumnos sobre él recibirá el castigo de saberlo. Me refería aquí a aquello que comentan sin reflexión en la hora del patio o en sus grupos de WhatsApp.

Sin embargo, creo que en justicia debería matizar esta afirmación. Una cosa es que un profesor no deba estar demasiado pendiente de la opinión que de él tengan sus alumnos –le esclavizaría y dificultaría su papel de educador– y otra muy distinta que no se interese en conocerla. Saber la opinión de los alumnos sobre el modo en que les tratamos, cómo explicamos, la dificultad de nuestros exámenes, etc. es más bien una obligación para cualquier profesional que quiera trabajar con excelencia, que quiera realmente ayudar a su alumnado.

Existen muchos mecanismo para conocer esta información de forma anónima, como las encuestas online. Pero cuando se trabaja con lealtad, ni siquiera es necesario recurrir a este método. Basta encontrar el momento y a los alumnos y las alumnas adecuadas. Tenemos que enseñarles a hacer crítica constructiva. En la medida en que aprendan a canalizar sus reivindicaciones, serán menos mordaces en los comentarios y nos ahorraremos problemas.

Del apodo que os hayan puesto, en cambio, no haría ningún caso. Es ley de vida.