XAVIER ARAGAY
Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Bellaterra (UAB), diploma de Función Gerencial en las Administraciones Públicas por ESADE. Diploma de Alta Dirección de Empresas por IESE y máster en Desarrollo Organizacional y en Liderazgo y Gestión de la Ciencia. Su vocación profesional es liderar, dirigir y gestionar el cambio y la transformación de las organizaciones y especialmente de las instituciones educativas.
En 1994 fundó, con Gabriel Ferraté, la primera universidad virtual, la UOC, de la que fue director gerente los primeros 12 años. Entre los años 2009 y 2016 lideró el programa Horitzó 2020, un modelo de transformación en el seno de ocho escuelas de los Jesuitas de Cataluña, una de las primeras grandes instituciones religiosas que apostaron por la innovación educativa en nuestro país.
Actualmente es fundador y director del Reimagine Education Lab, un proyecto internacional para acompañar, impulsar y llevar a la práctica procesos y experiencias de innovación disruptiva en escuelas y universidades.
Tenía interés en entrevistarle, porque sabía que –en estos momentos en que todo el mundo ofrece productos de innovación– en los proyectos donde ha trabajado ha tenido muy en cuenta la tradición y la cultura corporativa, ya que el cambio no se ha vehiculado a través de las metodologías, sino poniendo a la persona en el centro. Mantuvimos una conversación amena y afable, sobre temas actualísima, que tendrá mucho interés para las marcas escolares.

La educación es la mejor herramienta para cambiar el mundo, y, la educación, debe transformarse. Hacen falta cambios necesarios e inevitables. La escuela, tal como la conocemos, reclama la unión de todos los que son sus actores para transformarse. Se deben dejar atrás los miedos y las limitaciones autoimpuestas y sobre todo las inercias.
Xavier Aragay, en su libro propone 21 conceptos clave y pequeñas actividades para que descubramos las flaquezas y las fortalezas de nuestro entorno educativo y nos decidamos a iniciar la transformación. Reimaginando la educación es una guía imprescindible que nos ayudará a encontrar nuestro propio camino para lograr el cambio, para asumir los retos que nos permitirán este cambio que necesitamos para poner a la persona en el centro del proceso de aprendizaje.

ENTREVISTA A XAVIER ARAGAY
Experto en innovación educativa

Vivimos un momento de mucha intensidad innovadora en las escuelas. ¿Por qué?
El mundo está cambiando muy rápidamente y la escuela, no. El cambio de paradigma en el mundo se ha acelerado en los últimos cinco, diez años. Algunos han pensado que ha sido la crisis económica y que ahora volveremos a la normalidad. Creo que no, esto no ha hecho más que empezar. Hay síntomas por  todas partes de que la estabilidad que habíamos vivido se ha roto, por lo que sea: la crisis económica, la globalización, la geopolítica, los valores, las formas que las familias adquieren, toda la inteligencia artificial y el mundo digital… Estamos yendo a un tipo de sociedad muy diferente. En cambio, el método de enseñar que tenemos, nacido en el siglo XIX -el de la ilustración, del enciclopedismo, un siglo en el que ni mucho menos estaba escolarizada toda la población-, basado en un profesor que explica y un alumno que escucha, se nos ha deshecho. A lo largo del siglo XX afortunadamente se ha alfabetizado toda la población occidental. Pero es como si siguiéramos pensando que aquel método sirve para todos: cualquier entorno social, cualquier tipo de familia, con tecnología o sin. Repetimos por inercia un sistema de aprendizaje que no sirve. Lo que un niño o una niña actualmente tiene fuera de la escuela es increíble. Nosotros no lo teníamos. Pero, básicamente, seguimos haciendo lo mismo en los centros.

Sí. Pero algunos hacen una objeción: ¿Todo lo que hemos hecho hasta ahora era malo? ¿Tenemos que ir de un extremo al otro?
No. Claro. Hacemos muchas cosas bien. El problema no es ese. El problema es con qué marco mental nos enfrentamos al cambio. Si pensamos que solo se necesitan algunos retoques, no se cambiará nada. En cambio, si el marco mental es hacerse conscientes del cambio de paradigma, nos damos cuenta de que el tema no es si hacemos las cosas bien o mal, sino la conveniencia de elevar la mirada. ¿De dónde venimos y a dónde vamos? La escuela debe estar al servicio de la sociedad. La clave es nuestra aproximación. Si queremos conservar lo que tenemos, no habrá cambio. Nadie pretende cargárselo todo. La misma pregunta es un engaño. Yo la volvería diciendo: “¿Pero tú quieres cambiar o buscas cualquier excusa para no hacerlo?” Lo que nos sirvió cuando éramos de la edad de estos chicos, no les servirá. Imaginemos una niña llamada Julia que este septiembre ha comenzado la escuela con tres años. La tendremos en la escuela durante quince años: infantil, primaria, ESO, bachillerato… 2032. Supongamos que va a la universidad y hace un máster, ¡se pondrá a trabajar en 2040! Si somos profesionales de la educación de verdad, tenemos que preparar a Julia para el 2040. Este es el reto, ante el cual, no valen las preguntas de qué debemos conservar, que son preguntas hechas desde un yo adulto, que piensa en lo que le ha ido bien a él. El año 2040 es posible que el trabajo como lo conocemos ahora no exista, la inteligencia artificial habrá ocupado prácticamente todos los espacios. La mitad de lo que le queramos explicar de contenidos, del currículo, será obsoleto en 2040. Tenemos que preparar esta niña para ser persona. En todo caso, el contenido es una herramienta, un instrumento. Pero nos hemos confundido. En la escuela hoy el currículo se ha hecho el rey de todo: se programa para el currículo, en los exámenes la presión es por el currículo, el profesor tiene miedo de no cumplir el currículo. ¿Y la persona dónde está?

Claro. Mucho más importante que los contenidos, pero también que la misma metodología de aprendizaje es la formación como persona, los hábitos de convivencia, los valores…
La tecnología es una herramienta, el currículo es una herramienta. Donde debemos ponernos de acuerdo es en cuál es la finalidad de la educación. Cada día es más importante que volvemos a hablar de ello. A veces, cuando voy a una escuela les pregunto “¿Para qué sirve una escuela?”. Me miran extrañados. En el siglo XX una escuela servía para enseñar a leer y escribir. Hubo una gran cruzada para erradicar el analfabetismo. Hoy este tema, en nuestro país, ya está superado. Entonces, ¿cuál es el objeto de la escuela? Debemos debatirlo nuevamente. Entre otros motivos porque tenemos otro problema: con esta tendencia a fijarnos en el día a día, nadie mira el recorrido de los 15 años en que tenemos a Julia en la escuela. Vamos haciendo pequeñas parcelas y nadie tiene la perspectiva global. En quince años hay una serie de aspectos educativos clave de tipo personal, que son lo que le ayudarán en el 2040 a ser una ciudadana y una profesional. Y, de eso, no hablamos nunca. No puede ser. El sentido de la escuela es educar personas. ¿Qué debemos hacer para educar una persona que pueda vivir plenamente en 2040? Uno que tiene 60 años no puede imponer su visión. Es necesario que piense en esta niña que, por cierto, vivirá más de 100 años y se deberá reinventar tres o cuatro veces en su vida. ¿Qué herramientas le damos en estos veinte años de estudios, para que pueda desarrollarse?

“¿Con qué marco mental nos enfrentamos al cambio? Si pensamos que solo se necesitan algunos retoques, no se cambiará nada. En cambio, si el marco mental es la conciencia del cambio de paradigma, nos damos cuenta de que el tema no es si hacemos las cosas bien o mal, sino la conveniencia de elevar la mirada”

En cambio, parece que muchas innovaciones son una moda y que se hacen sobre todo para llamar la atención de los padres, ahora que hay baja natalidad y más competencia. De hecho, ¿no cree que estamos demasiado influidos por la tecnología? ¿Innovación es esto?
De acuerdo. Hablamos de las TIC, de metodologías, de trabajo cooperativo… ¿Todo ello con qué finalidad? Cuando una escuela me dice que tienen que hacer trabajo por proyectos, yo les pregunto: “¿Y por qué? ¿Por que lo hace todo el mundo?” Una vez, un equipo directivo me dijo que querían hacer alumnos críticos. Di un post-it a cada uno y los hice anotar qué significa “un alumno crítico a 18 años, después de los 15 en esa escuela”. ¡Doce personas, doce definiciones! “¿Lo veis? Yo no lo puedo creer que haréis un alumno crítico. Si acaso, lo haréis diacrítico, porque aquí no hay coincidencia”, les objeté. ¿Qué quiere decir una persona creativa, crítica, flexible, innovadora, emprendedora, que sabe trabajar en equipo, que está conectada con sus emociones, que sabe quién es y qué quiere y para qué sirve en este mundo? Debemos dar respuesta a ello. Y por lo tanto, hay que innovar. La tecnología, la metodología, el currículo son las herramientas que tenemos para ayudar a la persona. Para mí, la verdadera innovación es esta. En este contexto, no tiene sentido hablar de si tenemos que dejar la clase magistral o no. Estará, porque hay momentos en que es buena. Pero bien hecha. ¿Hay momentos en que hay que memorizar algunas cosas? ¡Por supuesto! Ahora, ¿tiene sentido basar toda la formación en la memorización y luego verterlo en un examen y olvidarse?

Sin embargo, en algún momento del libro, me ha parecido leer entre líneas una cierta crítica a la innovación de corto vuelo y agotadora. Así pues reconoce que existe actualmente innovacionismo, que algunos innovan sólo porque toca… ¿Cómo se consigue la innovación real?
La crítica que hago y me preocupa es que se están planificando y realizando muchas innovaciones, pero no se planifica a la vez la evaluación. Innovación y evaluación deben ir juntas. Cuando presentamos Horitzó 2020 nos comprometimos a que, al cabo de dos años, haríamos una evaluación externa …porque sino nosotros éramos arte y parte– y de impacto, es decir, sobre qué habíamos conseguido en los chicos y las chicas en estos términos: eran más creativos, más conectados emocionalmente, etc.? Esto ha sido una experiencia muy interesante. Mi crítica justamente es esta: Está muy bien que estemos en una primavera pedagógica, pero cualquier innovación que se introduce debe prever cómo la evaluaremos y por qué. No se puede esperar años, porque o no se hará la evaluación o no se hará bien. El método científico requiere una hipótesis de partida.

Algunos cambios son muy radicales, tales como tirar paredes al suelo o cargarse las asignaturas. ¿No convendría encontrar soluciones menos drásticas, por si acaso te equivocas? O al menos, probarlo un poco…
Lo que me preocupa es Julia. Esta pregunta está hecha desde la óptica de alguien que, como adulto, se mira su historia y piensa que será útil a la alumna. “Usted está dispuesto a hacer conmigo una reflexión de cuatro horas sobre cómo será el mundo en 2040 y, por tanto, qué características debería trabajar durante estos 15 años. Si es así, cuando lleguemos a la conclusión de que esa persona debe ser creativa y flexible, entonces hablaremos de cómo conseguirlo. Si se pasa quince años mirando la nuca de su compañero, puestos todos en orden y escuchando un profesor, no saldrá ni flexible, ni creativa, ni innovadora. Se siguen estudiando las asignaturas tal como se crearon en la época del enciclopedismo, que separaba las ciencias. Si ahora ya sabemos que todos los grandes retos de la humanidad son interdisciplinarios, tiene sentido explicar las disciplinas como si pudieran desarrollarse solas? Estas son las preguntas relevantes. Si llegamos a la conclusión de que sí, continuemos con las disciplinas. Siempre que hablemos en función de Julia, no de nuestros esquemas.

“En la escuela hoy el currículo se ha hecho el rey de todo: se programa para el currículo, en los exámenes la presión es por el currículo, el profesor tiene miedo de no cumplir el currículo. ¿Y la persona dónde está?”

“Imaginemos una niña que este septiembre ha comenzado la escuela con tres años. La tendremos en la escuela durante quince años. Supongamos que va a la universidad y hace un máster… Si somos profesionales de la educación de verdad, tenemos que prepararla para el 2040”

¿O sea que necesitamos romper el esquema propio?
Cuando lideré el proyecto Horitzó 2020 -del 2009 al 2016- primero hicimos un diagnóstico. Después planteamos un sueño. A continuación abrimos un proceso participativo. Después diseñamos lo que queríamos hacer: modelo de persona, metodología… Más tarde, llegamos a la conclusión de que para hacer esto era necesario un espacio físico diferente. Después decidimos realizar unas experiencias avanzadas –porque se aprende haciendo– y, una vez evaluadas, las extendimos.
Queremos hacer cambios en el aula, pero no podemos empezar por los cambios en el aula. Uno de los errores importantes que se cometen a veces es que se plantea el cambio de la educación a partir de los espacios. Lo que cambiamos es la escuela misma, no sólo un aula, ni la suma de sus treinta aulas. Una escuela es mucho más: la cultura, la organización, la mirada, la metodología, también el espacio y el mobiliario. Hay, primeramente, un cambio cultural en las personas que hay que diseñarlo como un proceso que durará tiempo. Hacen falta unos directivos capaces de liderar este proceso, que permitan la participación de la comunidad educativa, que no improvisen.

¿Así pues comenzasteis para prototipos y no con todos a la vez?
Con todo el mundo al mismo tiempo es imposible. Quienes lo han intentado han quedado parados, porque es excesivo. Es muy difícil.

Editamos la web Branding Escolar porque entendemos que una escuela, guste o no, es una marca. Y si es marca, será necesario que se diferencie de las otras escuelas, que tenga un proyecto propio. ¿Le parece así? ¿En qué debe consistir el proyecto de un centro para diferenciarse?
Tienes razón: debe haber diferenciación y que hay que explicar a las familias qué es lo que cada escuela ofrece. Pero esto es una novedad. En los últimos 25 años, de hecho, las escuelas eran prácticamente todas iguales y la gente escogía por la proximidad. Esto está cambiando. Las familias tienen una seria preocupación por el proyecto que la escuela ofrece. Sin embargo se encuentran, cuando van a las puertas abiertas, que todos les explican más o menos lo mismo y con palabras que no saben muy bien que significan. Las escuelas deben invertir tiempo en definir el proyecto y no dejarse llevar por modas. Deben explicarlo con un lenguaje llano, un lenguaje comunicativo, no un lenguaje técnico-pedagógico, que se puede construir primero, pero que después hay que traducir en otro que explique qué quiere ser esta marca, qué tipo de persona busca, como lo hará. Estaremos de acuerdo en que aquí hay que ser muy coherentes. Me encuentro marcas con colores muy llamativos y, cuando entras en la escuela, te cae el alma a los pies. No se puede jugar al marketing fácil o al marketing vacío. Alguna escuela puede caer ahí: hacer una inversión de marca incoherente con la realidad. La marca debe ser coherente con la comunicación y sobre todo con el proyecto.

El profesorado es clave para la marca y la reputación de una escuela y, por supuesto, para el cambio. Pero a veces se le ve quemado. ¿Cómo se puede hacer para que se reilusione?
Hay un tema de base previo a ello. En Reimaginando la educación lo cuento. Tenemos un problema en la educación que se llama “activitis”. El pensamiento de fondo es que los chicos se educan haciendo actividades; entonces las escuelas se han convertido en una máquina de actividades, que evita que estén parados. Se piensa que, cuantas más actividades y más chulas, mejor educados. Es justamente lo contrario. Si nuestro objetivo es educar personas, tenemos que entender que las personas no se educan haciendo actividades, sino reflexionando sobre las actividades que han hecho. La escuela se desgasta montando actividades y luego no le queda tiempo para la reflexión: “¿Qué sentido tiene lo que he hecho ?, ¿Cómo me ha afectado ?, ¿Qué he visto?…” ¿Hacemos una actividad y no nos ha quedado tiempo para hablar? Pues habría sido mejor no hacerla toda y dejar media hora para reflexionar. Este activismo nos ha hecho mucho daño. En los últimos veinticinco años hemos convertido la escuela en activista de todo: que sepan circular por la calle, para que coman bien, educación sexual, sentimental…

“Si nuestro objetivo es educar personas, tenemos que entender que las personas no se educan haciendo actividades, sino reflexionando sobre las actividades que han hecho”

“El freno principal es el marco mental de los directivos. Les cuesta mucho romperlo. Querrían hacer un cambio que no les ponga en cuestión muchas cosas y eso es imposible. Es el primer problema, entre otras cosas, porque no lo reconocen.”

Cualquier cosa que pase en la calle, un conflicto, acaba en la escuela…
Exacto. Y los educadores, que somos de muy buena pasta, siempre nos hemos ido poniendo otra piedra en la mochila. Esto al final va quemando, porque la escuela en esencia, en estructura, en recursos, etc. es la misma. Por otro lado, hay muchos directivos que para innovar han tirado por la vía fácil, que es añadir cosas. Como si no fuera suficiente con todo lo que se hace. Esto quema. En el libro propongo lo contrario: reducir actividad. De hecho, en Horitzó 2020 durante tres cursos redujimos un 10% de actividad cada año. Acumuladamente es un tercio menos de actividad. La escuela debe ser una low school: debe tener ratos de silencio, de tranquilidad, incluso, perder un poco el tiempo. La persona se conforma así. Al igual que un niño no es un cerebro que se abre y se le ponen unos contenidos más o menos caóticos, tampoco es una suma de actividades. A veces nos quejamos del hiperactivismo de los niños, pero es que los primeros hiperactivos somos los adultos. Para mí, la causa de este estrés que tiene la escuela es la suma de este activismo y de directivos que identifican el cambio con añadir cosas.
Los directivos cambian cada cuatro o cinco años y cada nuevo directivo añade algo: el Día de la Paz, el Día de la Agricultura… La escuela no hace limpieza. Por ello, el primer capítulo del libro es “¡Detente!” Cuando un directivo me dice que quieren realizar un cambio, le respondo “¡Para, con este ritmo que llevas, no lo puedes hacer, ni tú ni tus compañeros. ¿Estás seguro de que no puede dejar de hacer algo? “De entrada, dicen que no. Pero cuando hacen la lista se dan cuenta que sí pueden.

¿Habitualmente, el profesorado participa suficientemente en las decisiones? ¿Se puede exigir que se implique en proyectos, sin margen de participación?
Los procesos de innovación y cambio mejor hechos, siempre han contado con la participación de la comunidad educativa, no sólo de los profesores. También de los alumnos: ¡los alumnos tienen ideas! En Horitzó 2020 participaron 11.000 alumnos y las ideas más innovadoras fueron las suyas, no las de los profesores. Y, por cierto, las familias. Y los stakeholders: la escuela no puede ser una burbuja.

¿Los eslóganes son poderosos para la cultura corporativa? ¿Vale la pena usarlos internamente? Una frase que quede en la cabeza de la gente, una síntesis…
Yo creo que sí. Sin síntesis no hay relato y sin relato no hay comunicación. Siempre y cuando este eslogan esté construido entre todos. Lo que no sirve es el marketing superficial: la directora con una agencia inventan una frase y, muy contentos, la ponen por todas partes. La gente de dentro, que no ha participado, se cansa. Lo construido entre todos es muy poderoso. En Horitzó 2020, como éramos ocho escuelas y veníamos de una tradición en la que cada una iba por su cuenta, el eslogan fue “Entre todos lo haremos posible”. Trabajar en red es algo muy nuevo. En un capítulo explico que la escuela está habituada a trabajar ella sola.

Diría que también el profesor dentro de la escuela está cerrado en su aula…
Rompiendo esta idea y buscando otras escuelas de la red propia o de otras redes para poner en común experiencias, buenas prácticas, lo que funciona y lo que no ha funcionado, los demás aprenden y tú también. El trabajo en red es importante. En definitiva, los eslóganes sirven siempre que se hayan construido entre todos y expresen lo que colectivamente queremos hacer.

Un concepto muy actual que emplea en el libro es el de apoderamiento. Dar poder al profesorado puede hacer vértigo a algunos directivos; aún más, si se trata de apoderarse los alumnos. ¿No es una locura perder el control?
Uno de los problemas de la escuela es su rigidez –esto se expresa, por ejemplo, en los horarios– y el hecho de que se base casi todo en el control. No hablo sólo de los directivos respecto a los educadores: el profesor dentro del aula quiere controlar a los alumnos. Es el mundo actual el que ya no está bajo control. La escuela debe dejar de ser controladora y debe ir creando espacios de libertad, evidentemente dentro de un marco. Pero esto es posible. La nueva cultura de la escuela es ponerse de acuerdo en este marco. Una vez definidas las reglas del juego, hay muchas maneras de hacer las cosas, con un margen amplio a la creatividad, la experimentación, a aprender haciendo y crear entonces una atmósfera de compartir. Buscar lo que yo llamo la flexibilidad.

“Las escuelas deben invertir tiempo en definir el proyecto y no dejarse llevar por modas. Deben explicarlo con un lenguaje llano, un lenguaje comunicativo, no un lenguaje técnico-pedagógico”

Poner en marcha un cambio cultural sin haberse ganado la gente antes, nos asegura el fracaso. ¿Pero hay que esperar a convencer a todos para llevarlo a la acción?
Es interesante la pregunta. Al igual que la escuela es activista y tiene una cultura controladora, tiene también una cultura de consenso. Se ha pensado siempre que, si no hay consenso, no se puede avanzar. El consenso es profundamente paralizador, porque es un imposible. Cuando se habla de consenso se piensa casi en unanimidad. En nuestra sociedad, donde ya no hay uniformismo, la unanimidad no es posible.

En Reimaginando la educación habla de crear una coalición para el cambio.
En el proceso participativo, hay que construir una mayoría que esté por el cambio, que cree una coalición. Esto no es consenso ni unanimidad. Es un marco común en el que hay una coalición mayoritaria que se pone a caminar e invita a los demás. Se trata pues de crear una coalición para el cambio, buscando que sea lo más amplia y grande posible.

¿Mayoritaria? No de unos pocos. No una élite…
Mayoritaria, sí. Es que, de hecho, lo que busca el proceso participativo es construir la coalición. Abierta, flexible, que invita, pero que no busca la unanimidad.

Así pues, siempre quedará gente fuera del cambio.
¡Por supuesto! Pero esto es así en todas partes, también en las empresas, ¿verdad?

Leyéndole sobre la conveniencia de soñar, me ha recordado la entrevista que hicimos a Xavier Oliver, que nos insistía el la importancia de soñar juntos (Marcas que sueñan). ¿Cómo se consigue que el sueño sea colectivo y no, por ejemplo, del equipo directivo? ¿Cómo se transmite la ilusión?
La primera condición es atreverse a soñar. La escuela está tan enfocada a la acción que incluso no se da permiso para soñar. Venimos de una cultura donde soñar no era bien visto: soñar es perder el tiempo, hay que ser prácticos. Esto, además coincide en la segunda mitad del siglo XX, en la obsesión de buscar la especialización. Así, en el mundo de la escuela, el sueño se ve todavía como una pérdida de tiempo. Coincido con Xavier Olivé: si no soñamos, si no visualizamos que puede haber un futuro diferente, no cambiaremos nunca.

Nos sugiere en el libro separar el QUÉ del COM. ¿Por qué? ¿Pensar en el CÓMO es malo? ¿No podría ocurrir que imaginemos un QUÉ que no tenga CÓMO? Para que se entienda bien, podría poner ejemplos.
He hecho un ejercicio en muchas escuelas y siempre me sale el mismo resultado. Empezamos a hablar del QUÉ –un gran sueño– y pongo en marcha el cronómetro. Cuento los minutos hasta que sale el que dirá: “Dejemos de perder el tiempo. ¿Cómo haremos esto, si no tenemos dinero, la administración no nos dejará, las familias no querrán…?” Yo le respondo: ” Y tú tampoco quieres? “Antes de pasar al CÓMO, conviene definir bien el QUÉ. Mi experiencia en Horitzó 2020 es la contraria. Dedicamos un año al sueño. Muchos decían que después del sueño, con el CÓMO, vendrían las complicaciones. No, lo que es complicado es definir el sueño. Una vez hay un gran sueño, se encuentra el camino. La escuela tiene que atreverse a soñar, debe dedicar tiempo, construir un futuro diferente. Después, si ha creado una coalición para el cambio, encontrará los caminos, los cómos.

Nos habla de techos de cristal, barreras para el cambio. ¿En Horitzó 2020 cuáles son los techos de cristal que más costó romper y que esté satisfecho de haberlo conseguido? ¿Se queda con techos que no ha roto?
La escuela tiene un gran techo de cristal que no se ve, contra el que chocan muchas personas. Hay muchos innovadores que empiezan en su aula y van haciendo hasta que los compañeros o bien la dirección o las familias les detienen. Los frenos principales para cualquier cambio como lo planteo no vienen de la falta de dinero ni de tiempo, no vienen de problemas con la administración o con las familias. El freno principal -que pienso que Horitzó 2020 lo superamos, pero ahora que he podido visitar cientos de escuelas en más de 16 países me lo he vuelto a encontrar es el marco mental de los directivos. Les cuesta mucho romperlo. Querrían hacer un cambio que no lo ponga en cuestión –por ejemplo, un directivo que piensa que los horarios no los puede modificar– y esto es imposible. Este marco mental es el primer problema, entre otras cosas, porque no lo reconocen. A muchas organizaciones les propongo empezar por ahí, con seminarios para directivos, donde emerjan los marcos mentales que tienen, para que los podamos poner en cuestión. Este es el verdadero techo de cristal.

¿Qué proyectos tiene en la actualidad?
Hemos hecho un pequeño equipo, que nos llamamos Reimagine Education Lab, para ponernos al servicio de los equipos directivos que de verdad quieren un cambio y no saben cómo hacerlo. Porque, ciertamente, es complejo. Hemos definido una metodología del cambio, que no impone nada; plantea las preguntas oportunas para que, respetando la historia y el proyecto de cada centro, se lleve a cabo el proceso del cambio; les acompañamos en este proceso, introducimos herramientas de evaluación, herramientas para definir el modelo de persona, la reflexión metodológica. En definitiva, ponemos la experiencia que hemos tenido al servicio de equipos que o bien ya han comenzado el cambio y piden ayuda o bien aún no lo han hecho y son muy conscientes de que necesitarán alguien al lado. Esto, tanto con escuelas, como con universidades. Porque esta es otra asignatura pendiente: nuestro país tiene una primavera pedagógica, de la que estamos encantados, en cambio, las universidades aún no se han sumado.

Así, pues, que se vayan preparando…
Pero no sólo por los alumnos que suben. Es que el mundo ha cambiado. A la universidad le viene un verdadero tsunami en los próximos cinco años, que incluso hará que haya universidades que desaparezcan: el cruce entre globalización, tecnología, conocimiento disponible, alumnos con otro talante. Estamos ayudando universidades que adivinan esto y quieren anticiparse al cambio.